
Los gases de efecto invernadero (GEI) no son un invento del hombre, se han generado desde hace miles de millones de años de fuentes naturales como el vulcanismo, la vegetación y los océanos.
Por ejemplo, durante las erupciones volcánicas e hidrotermales se generan grandes cantidades de CO2 y vapor de agua.
La actividad biológica como la respiración de las plantas y animales y la descomposición microbiana de la materia orgánica también contribuyen a la producción natural de GEI.
Sin embargo, los humanos también hemos contribuido a su generación. Desde el advenimiento de la industria y el uso de los combustibles fósiles, como el petróleo, gas natural o carbón, hemos arrojado a la atmósfera grandes cantidades de GEI y, con ello, contribuido a incrementar la concentración de estos gases en la atmósfera. Para diferenciar las fuentes naturales de las de origen humano a estas últimas se les ha llamado “fuentes antropogénicas”. A través de ellas hemos alterado el flujo natural de gases de efecto invernadero que existe entre las fuentes naturales y la atmósfera. Precisamente a estos GEI que hemos generado los humanos es a los que se les atribuye el reciente calentamiento del planeta.
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